El Clima de la Educación Marista

El Educador Marista ha de esmerarse por crear un ambiente, un clima de clase:

  • Confianza como condición para esperar que la educación de fruto, esto es, confianza de los alumnos y de los padres, que el educador se gana por su competencia, por la justicia, por lo acertado de sus apreciaciones y por la calidad de su relación con los alumnos.

  • Atención que se presta a todos, tanto a los débiles como a los fuertes, animar a "los más lentos" y estimular "a los que van más deprisa". El espíritu de parcialidad "hace engreídos a unos y desalienta a otros ".

  • Imaginación, puesta al servicio de la pedagogía.

  • Alegría y sencillez que se viven en las relaciones. La infancia y la juventud tienen "derecho" a un clima distendido, en razón "de la debilidad y la fragilidad de esta edad".

  • Aprendizaje, se trata de descubrir, conocer, y esto sin duda debe ser fuente de dicha, de crecimiento.

  • Solidaridad, se trata de sentirse todos responsables, los unos de los otros, en una comunidad educativa.

  • Relaciones justas con todos los miembros de la comunidad educativa: alumnos, padres, profesores y equipo directivo.

  • Tener un gran corazón, es también un reto a establecer la adecuada distancia con los jóvenes, aceptar sus sentimientos hacia nosotros y ser claros en los sentimientos que les manifestamos.

  • Ser Pacientes, los educadores de hoy deben desconfiar de las reacciones demasiado precipitadas, invita al discernimiento.

  • Tener sentimientos, se trata de tener sentimientos de afecto que no impiden las exigencias profesionales y sentimientos que respeten la libertad de los jóvenes, y les permitan expresarse, hacer su propia opción de vida y crecer; todo lo cual conlleva la progresiva “desaparición” del educador.

Los que observan desde el exterior notan rápidamente el "clima" de un colegio o de una clase. Éste no depende necesariamente de la modernidad del establecimiento, de la sofisticación de los materiales e instalaciones ni del lujo de la construcción. Por el contrario, hay signos que no engañan, como son la sonrisa de los alumnos o de los adultos que dicen más de la calidad de vida que extensos proyectos pedagógicos o pastorales.