El Educador Marista

Los jóvenes necesitan encontrarse con personas competentes en su materia. Más aún, necesitan "presencias reales" que no se identifican con su curso, con su status, con su función, con su rango. Necesitan hombres que muestren que la llenan de sentido.

Hay cosas que no provienen de los programas curriculares. No se aprenden en las universidades. Hay cosas que no dependen de diplomas. No es además privilegio de los jóvenes ..., ni de los ancianos ..., ni de los religiosos …, ni de los laicos. ¡Personas vivas, abiertas, sonrientes, firmes, llenas de paz y de una autoridad que nace de dentro, del corazón!

Tener educadores que sean personas vivas, es una necesidad que nos remite a todos a preguntas fundamentales: ¿por qué he escogido la educación? ¿qué medios me doy para dar coherencia a mi vida? ¿qué hago para encontrar mi sitio? ¿con quién puedo contar para ello? ¿con quién puedo hablar de lo que vivo en mi trabajo? ¿cómo puedo crecer en mi desempeño como educador, como persona que le da un sentido a su vida a través del servicio a las nuevas generaciones?

La exigencia es fuerte: un ebanista trabaja con madera preciosa, un sastre con telas de gran precio, un educador, en cambio, trabaja con niños, con jóvenes. Su manera de ser, de situarse, de encontrarse con ellos, dificulta o favorece su propio crecimiento. Su libertad interior es la mejor garantía para su libertad. Su presencia convoca a la vida.